Este cuadro de Johannes Vermeer, nacido en 1632, es uno de sus más reconocidos trabajos y una obra muy popular. Si no me equivoco, hasta aparece en la publicidad de algún producto. Es un bodegón con un nivel de detalle espectacular, en el que el aspecto del pan o la leche vertiéndose son auténticas maravillas de capacidad artística para representar la realidad.
También destacan los colores amarillo y azul, este último, basado en el lapislázuli (me encanta esta palabra) y no en la azurita, mucho más barata, como era habitual. Pero no es esto lo que trae a Vermeer a Curistoria, sino el clavo de la pared.
Si se fijan, sobre el hombro derecho de la mujer, en la pared, hay un clavo sin nada colgado, vacío, sin más. No es casualidad, como es lógico. Nada es por casualidad es las grandes obras de arte. Y así, ese clavo denota que algo falta, que algo se dejó el pintor sin colgar.
En los análisis hechos al cuadro mediante rayos X, se puede ver cómo en la primera versión del cuadro de La Lechera, había un lienzo colgado en el muro, un lienzo colgado de ese clavo. En la versión final el autor “descolgó” el cuadro de su cuadro. Pero dejó el clavo que lo sujetaba, curioso.
Un ataque inesperado, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.
“Sus cuadros son el mejor seguro contra la guerra”, le dijo el káiser Guillermo II al pintor ruso Vasily Vereshchagin. En 1897, el emperador alemán asistía a la exposición del artista en Berlín, y sus lienzos sobre las campañas rusas en Asia Central plasmaban con exactitud fotográfica la barbarie de aquella y de todas las guerras. Un rostro de miseria y horror poco frecuente en las obras de la época, más propensas a ensalzar las grandes victorias y a adornarlas con coronas de laurel.
Pero Vereshchagin no era un pintor convencional. Su fascinante biografía muestra a un hombre mitad militar y mitad artista. Un amante de la aventura, viajero incansable, gran observador de las culturas asiáticas a las que retrató con vocación etnográfica y un antibelicista que se atrevió a desafiar al poder.
Se graduó en la Academia Naval pero abandonó durante un tiempo la vida castrense para dedicarse a la pintura, hasta que la guerra contra Turquía en los Balcanes le obligó a tomar las armas. Volcaría aquella experiencia en obras como ésta, en la que muestra el horrible coste de la victoria.
Campo de batalla cerca del Paso de Shipka, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.
La guerra del Turkestán y la conquista de la última frontera.
Unas décadas después de que los colonos europeos se lanzaran al asalto del Oeste americano, Rusia se enfrentaba a la inmensa estepa, de igual modo que los cosacos encararon el vasto llano para conquistar Siberia en el siglo XVI y alcanzar el Pacífico, un siglo más tarde.
Derrotado en la guerra de Crimea, el ejército del zar veía en la campaña del Turkestán una oportunidad de redimirse y una misión civilizadora que buscaba someter a la región (Kazajistán, Turkmenistán, Tayikistán, Uzbekistán y Kirguizistán), solar -entonces y ahora- de distintas tribus musulmanas, de origen turco en su mayoría.
En 1867, la inquietud y el deseo de aventura empujaron a Vereshchagin a aceptar el ofrecimiento del general Kaufman, responsable de la campaña, que le propuso incorporarse a sus tropas en calidad de agrimensor. La empresa militar le convertirá en un valioso testigo de su tiempo. En sus lienzos plasmará una ofensiva sanguinaria y cruel, donde uno y otro bando alcanzan niveles similares de salvajismo. Una realidad bien distinta de la que se imagina en los salones de Moscú y San Petersburgo.
Como cuenta el historiador británico Orlando Figes en El baile de Natasha, “el general Kaufman se enfureció tanto cuando vio los cuadros que comenzó a gritarle y a insultarle y llegó a atacarlo físicamente en presencia de otros oficiales. El Estado Mayor condenó los cuadros como una “infamia contra el ejército imperial” y proclamó que debían ser destruidos”.
Por fortuna, la intercesión del zar permitió que sus obras hayan llegado hasta nuestros días, pero la campaña de desprestigio le obligó a dejar Rusia poco después, angustiado por decenas de amenazas de muerte. A partir de entonces dio rienda suelta a su atracción por el Este. Viajó a la India y cruzó a pie el Himalaya, retratando a las gentes del Tíbet.
Rusia le desterró y pasó el resto de su vida en Europa Occidental, hasta que en 1904 se le presentó la última oportunidad de regresar a Oriente. En plena guerra ruso-japonesa, el almirante Makarov le incorporó a su flota como pintor pero una mina hundió el buque en el que navegaba y murió ahogado, como la mayoría de la tripulación.
La vida de Vereshchagin no debió de ser muy diferente de la de muchos fotoperiodistas, cámaras de televisión y reporteros que hacen su trabajo en las zonas de conflicto. Con ellos comparte la obsesión por mostrar la guerra en toda su crudeza y desnudarla de artificios y oropeles. Inspirado por las historias de Tamerlán, el caudillo turco-mongol que apilaba los cráneos de sus enemigos muertos, Vereshchagin pintó una de sus obras más célebres: La Apoteosis de la Guerra. Un contundente discurso que resumía las experiencias de un hombre que vivió gran parte de su vida junto a la pólvora y la disciplina militar.
La Apoteosis de la Guerra, Vasily Vereshchagin. Galería Tretyakov de Moscú.
Allegro non Troppo (1977) es una película italiana dirigida por Bruno Bozzetto. El nombre de la película viene del italiano allegro ma non troppo, una instrucción usada en la música clásica que se puede traducir como “rápido, pero no tanto”, aunque el significado tiene que ver más con “baja la velocidad” o incluso “piensa antes de actuar”…
La película se concibió como una parodia a Fantasia (1940) de Disney; que era animación basada en obras de música clásica. Allegro non Troppo sigue la misma onda, presenta segmentos de animación hechos alrededor de piezas de música clásica, aunque en este caso están intercalados entre pedazos de live action. En estos, aparece un presentador, un animador y un coro de viejas que hacen el paso de una animación a otra mientras hacen humorslapstick que muestran el supuesto proceso de producción de las animaciones en sí.
Toda la historia parte cuando “el animador” anuncia que va a hacer una película de animación con música clásica. Cuando dice que va a ser “una fantasía”, recibe un llamado desde Estados Unidos avisándole que eso ya había sido hecho. De esa manera se inicia el “proceso de producción” de las animaciones que se verá durante todo el resto de la película, que son el plato fuerte de la misma.
El calificativo de “parodia” de Fantasia se queda corto, pues considero que Allegro non Troppo es de igual o incluso de mejor calidad que la película de Disney. Es más, rompe el esquema de “película familiar” de Disney para mostrar con animaciones realidades complejas, y una profunda desconfianza a la manera de desarrollo que lleva el mundo occidental. Piensa antes de actuar.
En lo personal me trae recuerdos por que solía ver mucho esta película cuando chico y recuerdo especialmente las animaciones de los dinosaurios con el Bolero y la de la “abejita” con la música de Vivaldi. Pero son todos geniales.